Ni mucho ni poco: suficiente

Algún día tendré que corroborar el origen de esta frase, pero por el momento —y si mal no recuerdo— baste decir con que es atribuida a Séneca: “Nunca es mucho ni poco, cuando es suficiente”. No recuerdo haberla leído en esos grandes compilados de dichos, frases y refranes, pero he de admitir que posee ese toque especial que solo caracteriza a la infinita sabiduría popular.

De esa frase nació la siguiente reflexión, a propósito del recién terminado mes del amor y la amistad.

Al menos en la mayoría de relaciones formales, ocurre que forman un solo mundo en el que todo o la mayoría de cosas encajan (por ahí dicen que cuando uno se casa, lo hace también con la familia). Nos parezca o no, el factor económico, las condiciones materiales e incluso las diferencias culturales, cuando son insalvables, cuentan en los vaivenes de una relación. Es por eso que muchas veces resulta complicado encontrar a alguien que cumpla la lista de requisitos. Me parece que las relaciones entonces no pueden dejar de ser un tira y encoge al infinito. Y mientras no llegamos a una relación formal, al menos nos queda la parte saludable, o al menos la que debería regirnos para no complicarnos tanto la vida: nunca es mucho ni poco, cuando es suficiente.

En rigor, tratar de vivir y cumplir esta frase a cabalidad, como una nueva y fundamental filosofía de vida, es una apuesta total, una lucha de cada día. Eso se debe a que siempre queremos más (lo cual es perfectamente normal). ¿Quién se conforma con poco? Nadie. O quizá una ínfima minoría. Pero esas excepciones solo confirman la regla, y más en la sociedad hedonista y autocomplaciente de este tiempo.

Pero —al menos en un sentido idealista, por si considera que es imposible alcanzar ese estadio— el buen estoico sabe qué variables escapan de sus manos y acepta la realidad sin hacer pucheros, porque sabe que si no está en sus manos de nada sirve llorar, porque las lágrimas por sí mismas nada cambiarán.

Me incluyo en la lista de a quienes les cuesta comprender que nunca es mucho ni poco, cuando es suficiente. He tenido que tropezarme varias veces para reconocer que estoy tomando la vereda equivocada y que me he dejado tomar el pelo. Pero la experiencia de eso se trata, ¿no? Como dijo alguien por ahí: “La experiencia es un billete de lotería premiado que uno se encuentra después del sorteo” (¿era así o tenía otras variantes?).

Sé que no le gusta que le sobrexpliquen, pero nada reemplaza un buen par de ejemplos para no dejar ninguna ambigüedad.

Si usted se mensajea con alguien y la persona le demuestra con sutilezas que no quiere pasar de eso, del simple chat, que solo desea su amistad virtual, Y NADA MÁS, ¿para qué persistir, si está claro como el agua? Solo dañará una amistad y con toda seguridad se dañará usted también. ¿No cree que será un estrés innecesario? ¿Vale la pena? Deje o mantenga la amistad virtual —en dependencia de cómo le afecte—, pero ahórrese el malentendido, a menos que le guste hacer amigos y enemigos como un deporte.

Si alguien le ofreció buena conversación o buena compañía por un par de horas. Si tan solo recibió una sonrisa o un gracias. Si le basta con un abrazo, tal vez un gesto de cariño, un beso. Y si después de eso ya no hay más y la persona toma distancia prudencial, o peor, tal vez la persona aprovechó las circunstancias para tener algún roce sexual y después desapareció. ¿Para qué quiere más señales? ¿Para qué llorar por el tiempo perdido? Sí, correcto, pasó, se la hicieron, pero ¿no es una mayor necedad buscar donde no encontrará nada? Nunca es mucho ni poco, cuando es suficiente.

Pondría de ejemplo cuando dos personas pelean y uno ya fue vencido, pero vuelve a levantarse para recibir otra dosis de paliza. Pero el ejemplo no sería bueno, porque la esperanza de ganar una pelea (en la que se puede vencer al rival por desgaste) no tiene nada que ver con la cruda realidad de las relaciones humanas, y en particular con el amor. Pero la metáfora se entiende, por supuesto. ¿Cuántos rechazos necesita para reconocer el bochorno, la falta de amor propio? Lo sé, hay personas que necesitan muchos. Todos tenemos una medida distinta y por eso la frase me parece sacada de la infinita sabiduría popular: nunca es mucho ni poco, cuando es suficiente. Su cuota de dignidad no será igual a la mía. Cada uno es diferente. Un día alguien se cansa y dice: “Ya no más”.

Y cuando llega el “ya no más” uno incluso reconoce la falta de amor propio. A veces con bochorno y vergüenza. Así que ¿para qué esperar a que le llegue esa sensación? Hay que aguzar la mirada. Ni mucho, ni poco: suficiente.

También es importante no confundir las motivaciones egoístas, la ceguera personal. Una cosa es que usted no obtuvo lo que quería y otra haber tenido la mínima sensibilidad de haberse equivocado con las posibilidades: creyó ver donde no había, se equivocó con ilusión infantil. Aunque no es excusa, lo cierto es que a cualquiera le pasa. Pero querer caerle a alguien por pura necedad, creyendo que por la persistencia la persona cambiará de opinión… bueno… quien actúa así vive todavía en la barbarie, porque eso es prácticamente acoso y coacción. No significa no. Incluso si la persona quiere, pero todavía tiene dudas y por eso dice no. No es no, porque el es contundente, más allá de toda duda razonable, a menos que el venga de una persona irresponsable, que es caso aparte.

Ahora que lo pienso, esto también aplica para la amistad, para casi toda relación humana, no solo para las parejas. Si el compañero laboral no le da la confianza para bromear —a veces ni siquiera para tutearse—, ¿para qué fregarle la paciencia al otro? ¿Cuál es la gana de buscar la discordia? Si no hay espacio, hay que ganarlo. Si hay barrera que impida ganar espacio, ¿necesita más señal? Se hace lo que se puede. Si se pasa no hay posibilidad de que acabe bien esa historia. Los parámetros para medir usted los descubrirá. Nunca es mucho ni poco, cuando es suficiente.

En términos prácticos podemos comparar esto con la anagnórisis de la que hablaban los griegos: un día solo “despertamos” y hacemos un reconocimiento de la realidad que queremos cambiar. Hay quienes son demasiado radicales y no dejan pasar una. Hay quienes necesitan recibir y recibir hasta que el desgaste les colma la paciencia. La pregunta entonces resulta legítima: ¿ya meditó cuánto es suficiente para usted?