El corrector de estilo es un bien (o un mal) necesario

El viernes publiqué una nota para una revista, en la que habitualmente colaboro. Bueno, no con tanta regularidad como para enorgullecerme, pero sí con temas que por lo general me agradan, lo cual es gratificante. Si gusta visitar el sitio, le dejo el enlace por aquí. De igual manera, el link de la publicación original es este, por si quiere verlo en la propia página, pero en realidad lo citaré aquí mismo, para que no se vaya al olvido.

Y digo esto porque en la publicación original no tuvo muchas visitas, apenas logró tres reacciones en la fanpage de la revista, de las cuales una era de un amigo y la otra de una conocida. Así que, como repito, para que no muera en el olvido, rescato esta colaboración que trata un poquito el tema de un gremio por el siento mucha empatía.

* * *

“Yo creía, y sigo creyendo, que el autor debe anteponer la obra al amor propio, de modo que si descarta correcciones atinadas porque le llegaron de mano ajena, es un necio”.
Adolfo Bioy Casares, Memorias

Opinión.- “¿Y los de Letras estudian los letreros?”, me preguntó alguien en tono jocoso. Sabía que era para hacer ambiente, aunque lo intentaba hacer a costa mía. Aquí en El Salvador ocurre con frecuencia en muchas reuniones sociales de carácter informal, y eso incluye agarrar al más desprevenido. No sé quién era esa persona y por qué quería bromear conmigo de esa manera, o si desconocía la existencia de una carrera llamada Letras. La cuestión es que solo sonreí y me limité a decir: “Sí, cabal”.

A varios les causó gracia, pero a raíz de eso, de forma espontánea, a todos se les ocurrió tratar de dilucidar cuál era la profesión más importante y por qué. Usted ya sabe cómo es eso: que los médicos, los abogados, los ingenieros… que si en tiempo de guerra la profesión de las armas y en tiempo de paz los voluntarios. Es la de nunca acabar.

En lo personal —y se lo digo como alguien que tiene que lidiar muchas veces con el desdén de los demás por mis decisiones vocacionales—, me parece que todas las profesiones y oficios son importantes, porque cumplen funciones y llenan necesidades en su momento y en cada aspecto de nuestras vidas. Pero en ese momento escuché y escuché en silencio, hasta que por fin me prestaron la guitarra y me dieron la oportunidad de hablar. Acepto que todavía estaba un poco sentido por la broma, así que concebí en ese momento mi oportunidad de hablar para hacer mi desquite por las burlas. Palabras más, palabras menos, mi opinión fue la siguiente:

En el mundo hay una incontable cantidad de editoriales. De esas, menos de 25,000 cumplen estándares internacionales y menos de 100 están consideradas las mejores del mundo. Entre todas publican para los idiomas con mayor número de hablantes y por ende alimentan de conocimiento al 65 % de la humanidad. Desde parvularia hasta el último posgrado, desde manuales para cualquier oficio hasta libros de texto académicos y didácticos para cualquier profesión, desde un periódico de una gran redacción hasta las publicaciones de la comunidad científica, todo texto que lleve el sello de una de esas grandes editoriales lo hizo pasar primero por las manos de un equipo de correctores de estilo.

Todos callaron… algunos sonrieron, otros me dijeron que como siempre todo me lo tomo en serio y que conmigo no se puede bromear, y bueno… para no quedar como el resentido o algo así, me dispuse a cambiar de tema, a bromear con todos, porque al fin y al cabo era una simple reunión social, y solo se trataba de pasarla bien.

Y bueno, también es importante aclarar que hablé de forma irresponsable, porque no conozco y ni tengo ningún dato que respalde mis afirmaciones. Ni siquiera soy una autoridad en el tema de la redacción, y soy una vergüenza para mis colegas, porque debería de tener más rigor a la hora de escribir. Ni modo: mea culpa.

Pero al punto que quería llegar es ese: La corrección de estilo es ese oficio silencioso, ese trabajar tras bambalinas, pero que tiene la finalidad de hacer que la lectura le resulte más amigable, para acercarnos la información de la mejor manera. Son héroes invisibles, menores, pero héroes al fin y al cabo. Es un oficio de suma paciencia, de resolver escollos: un oficio con el que al aparecer errores crasos le cortan la cabeza al corrector y no a quien redactó.

El Día Internacional del Corrector de Estilo se instituyó por la unión de varias asociaciones de correctores, por tratarse del natalicio de Erasmo de Rotterdam, quien nació un 28 de octubre, pero que en América sería 27. Erasmo no solo es el gran humanista y genio, autor de Elogio de la locura y otras obras, sino que también realizó encomiables actividades editoriales, como su traducción parcial de la Biblia, que sigue siendo estudiada y debatida.

Y como dato curioso, Titivillus es el demonio que hace que los correctores y editores se equivoquen. Y creo que tienen un santo patrono, aunque en esta ocasión le debo el dato. Sí, lo leí en alguna parte, pero aunque busqué en Google no lo encontré.

Igual, por eso y por todas esas cosas más, solo me resta añadir para algunos de mis amigos y para quienes ya saben: FELIZ DÍA DEL CORRECTOR DE ESTILO

* * *

Ahora que releo esto, comprendo un poco por qué no llamó la atención. Creo que hablo más de mí que del propio oficio, o por lo menos hubiera escrito algo sobre los correctores que conozco. Olvidé añadir que muchas de las personas más agradables que he conocido se dedican a este oficio, aunque no hay que negar que uno siempre se topa con intratables. Pero ¿no ocurre lo mismo con todos los gremios?

En mi defensa del gremio olvidé añadir que muchos solo sienten felicidad por el lenguaje y que se dedican al oficio porque les resulta satisfactorio, y no porque sean grammar nazis, como ahora se ha elaborado el cliché. He conocido también a quien solo se dedica al oficio por necesidad, pero caemos en lo anterior: hay de todo en esta vida, y para sobrevivir también es legítimo aprovechar habilidades, aunque tal vez no nos guste mucho lo que hagamos.

Jamás en mi vida me imaginé que la corrección de estilo la vería en tantas partes y en tantos ámbitos. El criterio sintáctico sigue siendo una habilidad netamente humana, que por el momento no ha sido posible automatizar. Eso al menos es esperanzador, para quien todavía tenga deseos de incursionar en este oficio. Por lo demás, la felicidad del lenguaje y su constante ejercicio ofrece la ventaja de ser un aprendizaje infinito, algo que podría entretenernos toda la vida.

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