Diario de pesadillas N.º 4: “El escape”

Fue una sensación extraña: era como estar entre dormido y despierto, y esa sensación pastosa de regresar de un desmayo. Me incorporé con dificultad y me di cuenta que estaba atado de manos, sucio, con la ropa andrajosa, quedando casi desnudo de una pierna y en la otra con la manga del pantalón con la apariencia de short. De inmediato sentí temor y no comprendía lo que pasaba.

Me guie por la luz que se filtraba y asumí que esa era la salida. Caminé y después de varias dificultades logré salir, empujando una gigantesca y ruidosa puerta de madera. La luz me cegó y fue una sensación de mareo, como si todavía estuviera bajo los efectos de una droga o algo así. Cuando mi vista se adaptó me fijé que era de día, que tenía heridas y magulladuras en el cuerpo, que había sangre seca tanto en mi ropa como en mi piel y que mis manos estaban ulceradas y casi moradas. Tenía ganas de llorar, pero pudo más la sensación de peligro y alerta, que en mi interior me advertía que tenía que salir de allí.

Traté de correr, pero mis esfuerzos apenas llegaban a trote. Intenté gritar, pero el sonido que salió fue un hilo de voz que apenas llegaba a quejido, y la sensación que tuve fue como de sabor metálico, como si mi garganta la tuviera en carne viva, como si hubiera pasado horas gritando y ya no lo recordara. Mi desolación fue tan grande, que de nuevo me invadieron unas tremendas ganas de llorar… pero mi llanto era seco, como si ya ninguna lágrima más pudiera salir de mi cara, o como si estuviera en un nivel de deshidratación que jamás he conocido.

Sentí en mi interior una gran desesperación, una desolación infinita. Seguí caminando más por voluntad que por fuerzas, hasta que salí de la calle tierrosa y llegué a lo que equivalía a la carretera, algo que se parecía más a un zona rural, pedregosa. La última vez que vi una calle similar fue en Concepción de Ataco, en el occidente de mi país. Sin embargo, sabía de alguna manera que no era ese lugar, ya que el municipio lo conocí un poco, y en donde estaba, aunque hermoso, era simplemente diferente.

Después de caminar un tiempo que me pareció largo, vi un pick-up que venía en mi dirección, al cual automáticamente le hice señales de auxilio levantando mis manos atadas. Se detuvo frente a mí. Bajó un hombre, luego otros dos que estaban armados. El conductor asomó la cabeza por la ventana y tenía una risa siniestra, que de inmediato sorbió mis últimas fuerzas. Fue él quien me gritó en tono sarcástico:

—Bueno, hijueputa, ¿cómo mierda hiciste para salir de allí? Creí que te había quedado claro que no intentaras levantarte.

Su tono era seco, duro, implacable. Los dos hombres armados comenzaron a golpearme y mis “¡no, por favor!” se iban en hilillos mudos de impotencia, ahogados por mi ya inexistente voz.

Después de divertirse un rato conmigo el hombre desarmado sacó una cuerda y me amarró. Sus nudos no parecían tan firmes, aunque sí eran de esos de los que resulta difícil escapar. Me amarró al parachoques trasero y ya podía adivinar lo que harían. Así que arrancaron el vehículo y comenzaron a arrastrarme de vuelta al lugar del que tanto esfuerzo había hecho por huir. Sin quererlo y sin saberlo, a quienes les pedí ayuda eran en realidad mis verdugos. ¿Por qué no fui capaz de intuirlo?

Estaba aterrorizado, siendo arrastrado a gran velocidad, tratando de girarme entre las piedras para que se limaran las cuerdas, aunque sabía que no era agua en la que estaba nadando.

Pero dio resultado. De repente solo rodé y rodé y al parecer ellos no se dieron cuenta. Quizá por el terror o la última gota de adrenalina que me quedaba en el cuerpo, me incorporé y traté de agarrar colina abajo, saliéndome de la carretera pedregosa.

No sé si era laguna o pantano, pero lo primero que vi parecía agua estancada, medio sucia. Al meterme en ella todo mi cuerpo me ardió, como si estuviera lleno de raspones y heridas por todas partes. Las cuerdas de mis manos y mi cuerpo cedieron, y por fin pude deslizarlas. De repente escuché muchos pasos acelerados y me di cuenta que me estaban persiguiendo.

Traté de no acelerar en las aguas para no alborotarlas y al mismo tiempo traté de encontrar un rincón en el cual esconderme. De igual manera, traté de que mi respiración no me traicionara. Creo que jamás en mi vida me había concentrado tanto, tratando de percibir cada sonido del ambiente, cada instante, cada rumor del agua. Sentí que el tiempo era eterno.

Pero todo fue demasiado rápido. Ni me di cuenta cuando de súbito hizo ruido la hierba, justo a mis espaldas, cuando un gigantesco oso me tomó y estaba dispuesto a devorarme. No podía gritar, no tenía fuerzas para defenderme. Su inmensa cabeza fue a parar a mi yugular y comencé a tratar de gritar con todas mis fuerzas, como si fuera el último impulso que me quedaba por dar.

Entonces me desperté y estaba gritando, e incluso me había caído de la cama, de tal manera que creo que me había arrastrado quizá medio metro, con tal de forzar a mi cuerpo a escapar de tan terrible pesadilla. Sonará a cualquier cosa, pero las siguientes dos noches tuve un insomnio que casi acaba con mi cabeza.

* * *

Un amigo me preguntó si estos son ejercicios de cuentos o algo así. Y aunque ya he aburrido a mi estimado lector con mis asuntos personales, es necesario comentar y aclarar que entre diciembre del año pasado y abril de este año pasé por una serie de pesadillas tan hiperrealistas, que compré un cuaderno en el cual anotarlas, como una forma de terapia y desahogo.

Las pesadillas fueron tan recurrentes, que hubo un momento en el que me daba miedo dormir. Cada noche era una tortura y busqué formas de terapia y distracción, como ver cosas felices, escuchar música, tratar de no estresarme. Nada funcionaba.

En mi cuaderno llegué a reunir unas 78 pesadillas, sumadas a las que nunca escribí y solo decidí dejarlas en el olvido. Y como una cosa es lo que uno siente y otra es que una narración suene medianamente amena o interesante, traté de elegir las menos sosas y más pasables. No sé si realmente logré mi cometido.

El 99% de mis pesadillas me resultan inexplicables. No tienen ni pies ni cabeza. Tampoco sé por qué algunas son tan largas, como si en realidad fuera un cuerpo astral viviendo una realidad alterna y adversa. En ninguna sé cómo ni por qué tuve que soñar lo que soñé. Más de algún amigo me aconsejó buscar un psicólogo, además que otros especularon que quizá estaba pasando por depresión o alguna enfermedad, y que mi cuerpo me estaba dando aviso, pidiendo ayuda. Como por el momento el mal ha cesado, no quise averiguar. Así que realmente no lo sé.

Por otra parte, también compartí estas pesadillas porque guardo la lejana esperanza de que alguien las lea y me dé su opinión. Tal vez no una opinión experta, pero sí una desde la distancia, una que alimentaría mi percepción de las cosas y me ayude a interpretar algo que me sigue pareciendo incomprensible.

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