“No sé quién eres, pero te quiero…”

“—…Me encanta tu ardiente amor a la vida. A mi entender, se debe amar la vida por encima de todo.
—¿Incluso más que al sentido de la vida?
—Desde luego. Hay que amarla antes de razonar, sin lógica, como has dicho. Sólo entonces se puede comprender su sentido”.
Dostoievski

“Hay que amar la vida antes de amar su sentido, dice Dostoievski. Sí, y cuando el amor a la vida desaparece, ningún sentido puede consolarnos”.
Camus

V de Vendetta usa la letra que es el 5 en números romanos, además que un 5 de noviembre de 1605 ocurrió la famosa Conspiración de la Pólvora. En aquel tiempo falló Guy Fawkes, pero su metamorfosis lo convierte en un símbolo de venganza: V de Venganza. Ahora todo eso nos parece un conjunto de obviedades, pero cuando Alan Moore nos mostró su creación en cómic, y su interpretación del acontecimiento histórico, reconfiguró el sentido e interpretación de lo que entendíamos inicialmente del icónico personaje.

El recordatorio para los entendidos pasó a ser un cambio de paradigma y entonces quemar el Parlamento no era sacrilegio, sino una obligación, tras una serie de conclusiones que nos llegan desde todas las alas más radicales y enfrentadas las unas con las otras: lastimosamente la violencia sigue siendo el hilo conductor de la historia. Pero ahora comprendemos por qué con todo el dolor de nuestra alma es, debe y seguirá siendo así. Es la paradoja de la tolerancia… si no hacemos algo, si solo nos dejamos que un grupo pequeño pero organizado domine a una mayoría desorganizada, o como prefieren llamarlo otros, si el gigante sigue dormido… entonces los cambios jamás llegarán.

A mí personalmente me hace entrar en un dilema. No soy hombre de violencia, y en todo cuanto puedo trato de evadir los problemas de esa clase. Y claro, todos tenemos un límite. Yo he tenido la mala suerte de encontrarme con personas que ponen a prueba mis límites personales, y ni modo: toca actuar como corresponde. Y el dilema discurre: preferiría no tener problemas, no tener que tomar una medida que me resulta drástica, pero si no hago algo, ¿la persona se detendrá algún día? ¿Aprenderá a respetar? ¿Seguirá legitimando su actitud justificándola con que así es y que los demás tenemos obligación de aguantar?

Varios lo han escrito y no sin malicia: justificar la violencia como último recurso, cuando todas las instancias han sido agotadas. ¿No han sido justificadas así muchas guerras, asesinatos, conspiraciones? Por eso es un dilema. Y me rebasa. No puedo arrogarme la respuesta definitiva y en esta ocasión haré valer el nombre de mi blog: por ahora seguiré luchando con este demonio que formará parte de mi propio club de incertidumbres. O bueno, es válido decirlo: ¿será posible que el paradigma esté mal planteado? Me dejaré la tarea para el futuro.

Ya que el tema es pertinente para este día, me acordé que vi esta imagen en la página Taringa. En cierto modo resume mucho mejor todo lo mencionado anteriormente.

vendetta-bush

Podríamos discutir toda la vida que si la venganza es buena o no, que si la autodeterminación de los pueblos pasa por rebelarse ante las autoridades corruptas, que si hay que ejercer nuestro derecho a la insurrección cuando el Estado es fallido, y en fin… podríamos discutir a favor o en contra de la violencia al infinito. Ya sabemos que hay miles de autores, filósofos y todo un mundo que han discutido a favor y en contra del tema. Sería la de nunca acabar.

Y aunque parecerá que quiero cambiar radicalmente de tema, quiero invitarlo a ver un fragmento de la película V for Vendetta, inspirada en el cómic mencionado de Alan Moore. A estas altura es innecesaria la alerta de spoiler. El post tendrá sentido si decide ver el video o leer la versión escrita, tomada directamente del cómic y que posee solamente ligeras variantes. Para continuar con la lectura, necesito que tenga en mente el fragmento compartido, ya sea la versión de video o la escrita. Si conoce bien el contenido, puede saltárselo también, si gusta (lo recalco, porque en mi caso me pondría a ver los dos).

Como el filme y el cómic difieren de la finalidad, de ahí que cada versión sea ligeramente distinta. Como dije antes, si prefiere la versión de cómic puede leerla, o si gusta puede saltarla:

No sé quién eres. Por favor créeme. No puedo hacer nada para convencerte de que esto no es otro de sus trucos. Pero no me importa. Yo soy yo y te quiero, aunque no sé quién eres tú. Tengo un lápiz. Es muy pequeño y no me lo encontraron. Soy una mujer. Lo escondo dentro de mi cuerpo y quizás no pueda volver a escribir, así que esta va a ser una carta muy larga sobre mi vida. Es la única autobiografía que voy a escribir, y me acabo de dar cuenta de que la estoy escribiendo en papel higiénico.

Nací en Nottingham en 1957. Llovía mucho. Fui a una escuela para señoritas. Quería ser actriz. Allí conocí a mi primera amiga. Se llamaba Sara. Ella tenía 14 años y yo 15. Iba a mi clase. Tenía unas muñecas preciosas. Yo miraba un feto de conejo en el aula de Biología y el Sr. Hird decía que era una fase que ya superaríamos… Sara la superó. Yo no. En 1967 dejé de fingir y llevé a una chica a casa: Christine.

Poco después me fui a Londres y me matriculé en la Escuela de Arte Dramático. Lo más importante era mi integridad. ¿Tan egoísta fui? La integridad es lo último que nos queda. Es ese último rincón. ¡Que nos permite ser libres!

Londres: En Londres era feliz. En 1981 hice el papel de Dandini en La Cenicienta. Fue mi primer trabajo importante. Aquel mundo era extraño y muy ajetreado, y las multitudes te observaban escondidas tras los focos. Era apasionante, pero yo estaba sola. Por las noches iba a Gateways o algún sitio por el estilo, pero no me mezclaba demasiado con la gente. Aprendí mucho sobre el teatro, pero nunca me sentí cómoda. Había mucha gente que solo quería ser homosexual. Esa era su vida. Su única ambición. Eso era lo único de lo que hablaban y yo quería algo más.

Cada vez me daban papeles más largos en el cine. En 1986 trabajé en El llano. Ganó premios pero no dinero. En el rodaje conocí a Ruth. Nos queríamos. Vivíamos juntas. Me enviaba rosas por San Valentín. Éramos felices. Fueron los tres mejores años de mi vida.

En 1988 estalló la guerra y ya nunca volvió a haber rosas. Para nadie. En 1992, después de la ocupación, empezaron a perseguir a todos los homosexuales. Y cogieron a Ruth. ¿Por qué nos tienen tanto miedo? Le apagaron cigarrillos en la piel y le hicieron firmar que yo la había seducido. Pero yo no la culpo por eso. La quería. No. No la culpé. Pero ella sí. Se suicidó en su celda. No podía vivir habiendo renunciado a ese último rincón.

Me cogieron y me dijeron que iban a quemar todas mis películas. Me raptaron, me metían la cabeza en una palangana y explicaban chistes sobre lesbianas. Me trajeron aquí y me drogaron. No me noto la lengua. No puedo hablar.

Había otra lesbiana: Rita. Murió hace dos semanas. Yo también moriré pronto. Moriré aquí, pero durante tres años me enviaron rosas y no tuve que pedir perdón. Aquí perecerán todos los rincones de mi cuerpo. Menos uno. Solo uno. Es pequeño y frágil, pero es lo único por lo que vale la pena luchar. No debemos perderlo, o venderlo, o abandonarlo. No debemos dejar nunca que nos lo quiten.

No sé quién eres. No sé si eres un hombre o una mujer. Nunca te veré, ni te abrazaré, ni lloraré o beberé contigo. Pero te quiero. Espero que puedas escapar. Espero que el mundo cambie para mejor y algún día vuelvan las rosas.

Quiero besarte.

Valerie.

En lugar de la alternativa de la violencia, resulta mejor recurrir a la alternativa del amor. O quizá suene ligeramente retorcido, pero a veces el amor legitima la violencia, aunque no por ello la justifica. Le pondré un ejemplo práctico.

Soy cinofóbico (no como caso grave, pero ya entro entre los miedosos irracionales)  y para muchos puedo tender a exagerar cuando prefiero pasarme la calle o algo. Y usted podrá molestarse conmigo por lo que voy a contar, pero en una ocasión un perro quería atacar a mi hijo de la nada, que entonces solo tenía 4 años y lo llevaba de la mano cuando el perro por poco lo muerde, de no ser porque reaccioné, lo cargué y lo aparté al otro lado, y entonces cuando el can (quizá histérico y solo iba a desahogarse con nosotros) quiso atacar por segunda vez logré pescarlo de las orejas y con una gran fuerza lo choqué contra el pavimento. Yo estaba aterrorizado y de forma irracional pensaba que nuestras vidas estaban en peligro. El dueño salió a la calle con rostro molesto y en una mano tenía un palo. Desde donde estaba, con la voz aflautada y nervioso le grité una gran cantidad de cosas. No sé si me veía loco y frenético, pero él solo llamó al perro, que estaba llorando, y lo encerró.

Pasé varios días sintiéndome mal y quise comprender por qué actué así. Mi conclusión es que si hubiera visto a otro adulto ser atacado quizá hubiera huido. Creo que a otro niño lo hubiera defendido… pero mi decisión para defender a Ulises (así se llama mi hijo) nació de una motivación que está más allá del bien y del mal: el amor. Jamás dejaría que le pasara algo a mi hijo.

Si el amor es capaz de motivarnos o si es capaz de provocarnos reacciones impredecibles, en realidad podría ser una fuerza motora capaz de movernos a la locura, o también para hacernos alcanzar lo que de otra manera nos parecería ilógico.

Piense, por ejemplo, en el amor a la patria, en la creencia de la causa religiosa, que tanta sangre ha derramado todos estos siglos. Independientemente de las fronteras, en realidad lo único que ha querido cada comunidad, en ese simbólico tira y encoge, es tratar de vivir en paz. Ahora somos relativamente más civilizados, pero siempre precisamos de ciertas luchas.

Es por eso que la historia de la Vendetta resulta iniciática, porque cuando perdemos el amor esencial (espero que haya leído los epígrafes del principio) legitimamos la indiferencia. Queremos que alguien haga algo, nos quejamos por lo que hay, queremos ver cosas diferentes, pero nadie quiere hacer nada, o no queremos comenzar por nosotros mismos. No nos damos cuenta que para hacer los cambios es necesario romper la rueda.

La revolución entonces no es una exquisitez vanamente ideológica, no es la izquierda, no es la derecha, no es el artilugio del engaño, la sospecha conspiranoica: romper la rueda requiere de un profundo sentido común, de la sensibilidad de observar, de amar al prójimo de tal manera, que hemos comprendido qué es lo mejor para todos, aunque no siempre todo me resultará de lo más favorable.

Suele pasar que solo cuando alguien tiene familia comprende que el proyecto de hogar ya no pasa por mi yo (mi carrera laboral, mis títulos académicos, mis logros en mi área, etc.). Quien de verdad ha comprendido lo que significa tener familia sabe que no es yo: es nosotros. Es por eso que el arquetipo del elegido nos es presentado como alguien que ama a su comarca, a su pueblo, a su castillo, a su país, a la humanidad: ha comprendido que incluso tendrá que incurrir en el autosacrificio, porque no es yo, es nosotros. Al ver el viaje del héroe: ¿no le pasa que siempre le impresiona este inmenso acto de amor? No pondré ejemplos religiosos, porque no son justos en este contexto.

El amor aparece en lugares insospechados. Y qué decir de aquella frase de Sir Walter Scott:

En paz, el amor escoge la cayada del pastor. En guerra, monta sobre el caballo del guerrero. En los palacios viste con ropas alegres y en las aldeas baila sobre la hierba. El amor gobierna en el tribunal, en el campamento, en el bosque, a los hombres, a los santos, porque el amor es el cielo y el cielo es el amor.

Es por eso que esta fecha siempre es recordada y se ha convertido en un símbolo mundial (sí, a veces moda, activismo de redes sociales… pero no olvide a quienes en este momento están haciendo sus propias luchas por las injusticias que estén pasando… y sí, otros también están sufriendo daño colateral), en los rostros anónimos y enmascarados que están convencidos de que hay que agotar todas las vías posibles.

Porque si la estructura está viciada, romper la rueda equivale al más grande acto de amor.

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