¿La empatía es un muro de cristal?

Imagínese que alguien quiere aconsejarle sobre sus relaciones interpersonales: le dice que usted puede mejorarlas, que si no tiene amigos puede hacerlo, que si le cuesta socializar que solo hay que hacer un pequeño esfuerzo, que si le va mal en el amor que solo es de tocar puertas, o ver a nuestro lado, porque tal vez el amor nos está llamando desde una puerta a nuestra espalda, insospechada, a la que jamás le hemos dado una oportunidad. Y entonces resulta que todo tiene una solución casi que práctica, pero que uno ha sido incapaz de verla, porque resulta que uno es poco optimista ante la vida.

Pero viene uno y de vez en cuando (ya sea por cansancio o por aburrimiento) decide probar y consentir el recibir consejo… y viene uno e intenta comunicarse, ser cordial, mandar mensajes, etc. Y uno ve que incluso quienes aconsejan no tienen la cortesía de responder… que su interés no pasa del lavado moral de tratar de hacer sentir bien (cuando fingir interés en otra persona es de lo más abyecto que puede existir), y que entonces uno estaba mejor viviendo su vida solitaria, antes que volver a darse de frente contra el muro de indiferencia de los demás. O bueno: tal vez no es indiferencia y solo está erigiéndose un muro de cristal, ese del que habla Sabato en aquel icónico capítulo de El túnel.

En lo personal, hubo un tiempo en el que me sentí mal por mi incapacidad de socializar, por la imposibilidad de dejar de ser un friki. Y también caigo todavía en la tentación de ser completamente honesto con las personas a quienes tengo poco tiempo de conocer. Es inexcusable, por supuesto, pero suele pasar cuando uno pasa demasiado tiempo sin socializar con personas nuevas. O quizá me pasa a mí, porque conozco casos de quienes llevan su soledad con olímpica tranquilidad.

Y uno viene y entonces comenta lo que piensa, o cuenta su odisea, la historia personal. Y cada tanto el ciclo se repite y aparece alguna persona, quien pregunta sobre por qué uno no mejora tal o cual aspecto de la vida. Y creo que ya no viene a cuento, pero justo ayer me encontré a alguien que me pedía enterrar el pasado, seguir adelante, tratar de volver a empezar, atreverse a amar a gente nueva… quise decirle su par de cosas, pero ¿para qué? Justo esa persona es de las que dejan en visto o ponen la mil excusas si uno las invita a tomar un simple café. De hecho, era alguien a quien tenía años de no ver.

Como mencioné en un post viejo, a veces a uno le dan ganas de desaparecerse por un tiempo, alejar de la vida a todos esos falsos optimistas que solo quieren hacernos pensar que es fácil cambiar si uno lo desea, pero no están ahí para darse cuenta que la lucha es de cada día, y que si fuera fácil el mundo no estuviera como está. La realidad es otra cosa.

Esta clase de experiencias me hacen verme al espejo del hermetismo. Luego mis libros, o miro mis dedos tecleando en la laptop, o pienso en que de todos modos, muy en el fondo, en el más absoluto de los rigores, ser un alma solitaria no tiene nada de importante y mucho menos de trágico: es solo una vida más, de las millones de vidas que existen. Solo hay que vivir la vida con lo que se tiene, sabiendo que si algo me carcome el alma solo debo resignarme a vivir con ello, o vivirlo-para-sí a sabiendas de que la vida no es un lecho de rosas, y que atormentarse por ello equivale a ahogarse en un vaso con agua.

Ahora sé que me molesta la falsa empatía, pero si lo pensamos un rato: ¿no incurrimos todos en ello? Es exactamente como un muro de cristal. Vemos y no hacemos nada, o en todo caso solo ponemos rostros de compungidos. De todos modos, es imposible salvarlos a todos y eso es una paradoja desoladora. Pero, poniéndonos la mano en el corazón: ¿cuántas veces de verdad ayudamos si está en nuestras manos el poder hacerlo? Cada quién sabe su respuesta.

Tuve un amigo que siempre fue capaz de responder con la honestidad más implacable:

—¡Hola!, ¿cómo estás?
—¡Mal! Ya sabés cómo me ha ido…
—No, contame…

Y así, y poder seguir hablando con naturalidad. Creo que algo aprendí de él, porque con los años me he encontrado con personas que me repiten que deje de ser tan negativo, o que tengo facilidad solo para recordar las cosas malas, o que siempre tiendo a hablar de mí como si siempre me refiriera a alguien a quien todo le sale mal.

De alguna manera saco balance (basta con leer mi propio blog para eso), reflexiono y suelo tomar eso como una señal para dejar de hablar de mi vida, en ese respectivo círculo. A veces no puedo evitarlo, porque del mundo en el que vengo la honestidad llana y cruda vale más que ser descubierto en la mentira.

Pero bueno… por lo general, digamos que entonces dejo de incomodar con las historias de mi vida y simplemente la dejo poco a poco a un lado: hay millones de temas de conversación en este mundo, como para quedarse con la parte anecdotaria a la que estamos acostumbrados.

Del mundo en el que vengo, la gente habla con estoicismo del pariente asesinado, del accidente donde vio morir a alguien, de lo vivido durante la guerra, de los intentos de abusos sexuales recibidos cuando niño. Para mí cada una de esas historias en su momento me crisparon los nervios y me pusieron la piel de gallina.

Y la parte terrible de ello es que pienso en mi propia historia, en todo lo que he pasado en mi vida, y pienso: “No sé por qué reniego a veces, si todo lo que he vivido no es nada, en comparación con esto que estoy escuchando…”. Y luego me doy cuenta que parece que hay niveles de niveles: mi historia le resulta incómoda a otras personas.

Quisiera reflexionar sobre el hecho en sí de la incomodidad en estos casos, pero creo que es un tema que me rebasa. Constantemente veo ambos lados de la moneda y esto parece ser un tema que debería de tratar con propiedad un psicólogo, a la par de un antropólogo: por un lado está la gente que quiere invalidar nuestros sentimientos, pidiéndonos que no nos quejemos, porque hay quienes la están pasando peor; y por otro tenemos a gente que prefiere no oír, porque, o somos unos quejicas, unos exagerados, o les parece mentira, no quieren creer, enfrentarse a la realidad moral de que allá afuera hay gente que lo está pasando mal, no hacemos nada, y lo que es peor, queremos escudarnos en que de verdad no podríamos hacer nada a nivel individual, y que quien nos está contando su terrible historia o renegando de su realidad, no hace más que caer mal.

Como dije, es un tema que me rebasa. En mi caso particular, tengo la cultura de contar la vida privada como forma de mostrar confianza. Y como repito, de repente me doy cuenta que incomodo, y entonces poco a poco voy dejando eso de lado.

Quizá solo debo dejar de complicarme tanto y seguir con mi vida, tal y como he hecho siempre, haciendo oídos sordos a las personas que con facilidad solo hablan sin saber: son detectables, en la medida en que opinan desde la comodidad de la condición en la que se encuentran. Y bueno, no es preciso tampoco ser un maleducado: solo hay que oírlos y recibir sus consejos como lo que son: con la mejor de las intenciones, pero sin involucrarse tanto. Como la persona que aconseja cómo deberíamos de jugar en la cancha, pero jamás se ha encontrado en ella, en una situación concreta.

Y bueno, comprender que hay niveles de honestidad, y que esta no debe de reñir con el amor que uno puede profesar, incluso desde el muro de cristal. Porque, por cierto, la afectividad también puede vivirse desde lejos.

Anuncios

2 comentarios en “¿La empatía es un muro de cristal?

¿Qué opinas?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s