Historias de amor, soledad y eros – parte IV

Por si tiene interés, desde aquí puede redirigirse a las partes I, II y III.

Nunca me cansaré de repetirlo: las historias privadas tienen algo de encantadoras, sobre todo si uno sabe que podría ser nuestra propia historia. Hay algo que siempre nos queda entre las manos, cuando viene de una confidencia. También hay algo de enternecedor cuando se comparte, ya que desde la distancia uno puede aprender, sin necesidad de estar directamente implicado.

Para esta ocasión traigo dos situaciones más, y así completar 10 historias. He dejado en el tintero muchísimas, pero ya he explicado en ocasiones anteriores por qué. De la última historia ya había contado una versión antes, pero el ejercicio de repetirla me resultó más real y humano. Si ha seguido este blog desde el principio, espero sepa perdonarme esta falta.

Sin más que añadir, estas son las situaciones planteadas para esta ocasión.

* * *

Situación 9

Él se fue hace unos meses para Estados Unidos, pero no hemos dejado de tener contacto. Me dice que tratará de llevarme con él muy pronto. Mis hijos ya están grandes y los de él también.

Y fíjese, quién lo diría: nos conocemos de toda la vida. Vivimos hace muchos años en el mismo mesón, allá en Santa Tecla. Él solo vivió unos meses y pensé que nunca lo volvería a ver. Éramos jovencitos, pero desde entonces nos gustábamos.

Pasaron muchos años y cuando nos reencontramos, entonces supimos que el vínculo nunca se fue. Yo fracasé en mi relación y me había convertido en madre soltera. Él seguía casado, pero me aseguraba de que no era feliz.

Primero comenzamos a andar así, como amantes, respetando cada quién la vida que le había tocado. Así pasaron unos 15 años. Un día él me dijo que había decidido separarse. Tardé mucho tiempo en aceptar que entonces sería solo mío, porque me sentía una rompehogares. Pero él me demostró con mucha paciencia que nada de eso era mi culpa. Al día de hoy tengo mis dudas. Si la gente supiera todo esto solo me juzgaría, pero a estas alturas ya no me importa.

Comenzamos entonces a mostrarnos más en público, aunque nunca me atreví a llevarlo a la casa. Mis hijos ya están en edad de entender, pero nunca he querido imponerles nada. Gracias a Dios nunca hemos tenido problemas con nadie por la relación que llevamos. Al menos no con la ex de él ni con su familia.

Pero para hacérsela corta, él me dijo un día que quería irse al norte, porque aquí ya no sentía ninguna oportunidad. Eso me descorazonó, pero me prometió que si tenía paciencia me llevaría con él y que por fin comenzaríamos a vivir juntos. Le hablé entonces a mis hijos sobre él y todos están de acuerdo y felices por mí. Así que ahora él se comunica con regularidad y me dice que está ahorrando, para llevarme.

Ya esperé toda una vida. Creo que ya no importa esperar un par de años más.

Situación 10

Ese día me levanté temprano, lo que casi nunca pasa. Era el último día para hacer un proceso en la U. Menos mal llegué a tiempo y lo hice. Ya a las 9 a.m. ya estaba completo. Todo estaba desértico y casi todo cerrado, y ya iba buscando la salida, pero la tripa me pidió combustible. Así que caminé hacia la cafetería, esperando que estuviera abierta.

Me fui por el lado de la Biblioteca Central, con la vana esperanza de encontrarla abierta. Pero estaba cerrada, ya te imaginás. Y como me desvié del camino, me iría por el lado de la Concha Acústica, para salir atrás de la cafetería. Pero jamás llegaría, porque a unos 20 metros de distancia reconocí una silueta. No sé por qué, pero me dio por mirar, y ella me estaba viendo a los ojos, y sonreía, y venía caminando hacia mí, con el gesto de un abrazo gigantesco, y mi corazón se hizo enjambre, y me abrazó, nos abrazamos por un rato. Y como todo estaba solo, no hubo testigos de la escena cliché y patética.

¿Qué sobre ella? Ya sabés. Fuimos compañeros, había implícitos, pero en realidad nadie se decidía para que pasara algo. Lo habitual, los malentendidos de siempre. Todo telenovelesco, hasta que supe que ella se iría del país. Fue entonces que algo comenzó a destruirme.

Se fue sin despedirse, así, sin más. Pero en ese momento la estaba abrazando, con unas grandes ganas de llorar. Solo había regresado a realizar un par de trámites, aunque en ese momento no sabía que tenía planes para irse del todo. Y si llegó hasta el último día fue porque logró apenas salir con tiempo, mientras que para mi vergüenza yo había sido un completo dejado.

Comenzamos a caminar juntos hasta la parada, porque me dijo que ya se iba. Íbamos platicando de lo que fuera, actualizándonos por puro azar. Cada uno viajaba en rutas distintas y solo nos dio por dejarlas pasar. De repente ella tomó la iniciativa y me tomó de la mano, y nos subimos en una que iba para el Centro.

Al bajarnos tomamos otro bus y sabía que eso implicaba perdernos por un rato. Llegamos hasta la Puerta del Diablo, pero nos bajamos antes, para poder caminar a gusto. De todo esto que te hablo, bien nos llevamos dos horas o más. Andábamos sin comer y sin dinero, pero en ese momento no nos importaba nada.

Subimos a una de las peñas. Allá en lo alto, con viento frío y todo, nos pusimos a leer poesía de Claudia Lars, por un libro que ella cargaba. Sé que algunos se burlarían de esto, pero sé que vos no. Para unos será estupidez, pero para mí fue uno de los mejores días de mi vida. Al buen tiempo comenzaron a caer unas gotas, y cuando menos sentimos comenzó a llover con fuerza.

Empezamos a descender con mucho cuidado, pero para cuando bajamos de la peña ya estábamos empapados. Nos resguardamos ya sin sentido y de forma improvisada. Así todos mojados, empapados como si saliéramos de un río, comenzamos a besarnos con ganas, con la pasión de los amores viejos, como si toda la vida hubiéramos esperado eso.

Nos fuimos a pie hasta llegar a la zona del mirador de Los Planes de Renderos, que es más o menos donde pasaban los microbuses para regresar al Centro. Caminamos tanto, que para cuando llegamos allí, casi que estábamos secos de la ropa. A ella se le mojaron las cosas, incluyendo su libro de Claudia Lars, pero íbamos felices, tomados de la mano, sintiéndonos dueños de ese momento único.

Eran casi las 6 p.m., así que estábamos en una hora complicada. De pura suerte encontramos a una señora que vendía fruta y que ya estaba guardando su puestecito. Entre los dos reunimos monedas y compramos algo para al menos engañar la panza. Nos fuimos en el micro, nos bajamos en Centro y esta vez sí tenía que dejarla en la parada que correspondía a su ruta.

No sé si ese día era feriado o algo, pero el Centro de San Salvador estaba llenísimo de gente, más de lo habitual. Cuando la gente se pasaba la calle lo hacía de forma masiva, así como se ve en las películas.

Y bueno, tenía que salir con mi comentario fuera de lugar. En algún momento se me ocurrió decir algo al azar, pero que en el fondo implicaba reproche, algo así como el animalito herido que se queja. A mi manera le reclamé sobre por qué se fue sin despedirse. Ella contestó con determinación que jamás le gustaron las despedidas. Y yo, de alguna manera, perdí el control. Comencé a hablar como un niño quejica, tonto, con las palabras atravesadas, sacando a relucir todas las inseguridades del mundo.

Ella trataba de apaciguarme un poco, aunque de repente ya no nos importó si la gente nos miraba o escuchaba. Llegamos a una esquina, porque un semáforo estaba en rojo. Ella, como siempre bien linda, zanjó toda discusión cuando estaba a punto de pasarme la calle. Me tomó de la mano, me jaló hacia ella y me dijo estas palabras que nunca podré olvidar: “Puta, cabrón, si yo te amo…”. Y así, en pleno Centro, en la calle, llenísimo de gente, nos abrazamos y nos besamos en esa esquina.

En mi interior quité todo freno de mano. Como diría Stendhal de uno de sus personajes: “Volaba su alma por las nubes”. En aquel momento ya no me importaba si todo terminaba mal. Comencé a dejar que amueblara con su alma mi corazón. Lo que vos llamás amar con locura, pues.

En aquel momento no sabía que de todos modos se iría, pero ya no veía mal si al menos un par de meses me permitía la oportunidad de construir, a mi manera, mi peculiar historia de amor. Nada es para siempre, y es duro aprender a comprenderlo, pero nunca me he arrepentido de haberla amado como la amé.

No existen los días perfectos, pero en realidad el mío fue en esa ocasión, el más aproximado que quizá no vuelva a conocer.

* * *

No tengo planes para seguir añadiendo más historias, aunque nunca se sabe si uno de repente puede escuchar alguna anécdota interesante. Por el momento, creo que me quedo con 10 situaciones. No es una muestra amplia y variada, al menos desde el espíritu original con el que comencé a escribirlas. Pero creo que algo de aleccionantes hay en ellas. O eso ocurre en mi caso personal.

Estaré un par de días alejado de mi querido blog. Hay algo importante que debo hacer, y será de tal nivel de prioridad, que dejaré de lado cualquier otra cosa que tenga que hacer, con tal de completar la tarea. Sé que este espacio no es la prioridad de nadie, pero me parece pertinente avisar. Probablemente vuelva para mediados o finales de diciembre y espero regresar con las pilas recargadas.

Un abrazo.

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