Lo moralmente cuestionable

Escuché una historia sobre alguien que fue descubierto viendo porno en el lugar de trabajo. Partiendo de que la zona laboral no es para estar haciendo cualquier otra cosa que no tenga que ver con lo que nos corresponde, podríamos decir que todos de vez en cuando caemos en la picardía de estar perdiendo el tiempo. Eso aplica tanto para el que ve porno, como el que roba tiempo a la empresa viendo videos de YouTube o su red social favorita. Tiempo es tiempo y dinero, y ese no reconoce sesgos morales, porque o se pierde dinero o se gana dinero con el tiempo bien aprovechado.

Pero bueno, el punto para muchos sería el hecho mismo de ver porno. Es decir, lo moralmente cuestionable es estar haciendo algo que para nuestra sociedad pertenece al ámbito de lo privado. ¿Qué procede en esos casos? Hay trabajos donde a uno lo pueden despedir por hacer eso. Según escuché, a esa persona no la despidieron, pero pasaron días molestándola con el asunto, a tal punto de que quedó avergonzado y desde entonces nunca volvió a ver porno en un lugar que no fuera el de su privacidad (bueno… esto último realmente no lo sé o no me consta, pero ya sabe, es algo así como la moraleja de la versión que me contaron).

A todo esto, hay una discusión de fondo en el asunto. Ver porno, al parecer, no solo es algo moralmente cuestionable, sino que podría ser un indicador de la calidad de la persona. Es decir, solo demostraría su aparentemente abyecta y retorcida visión de mundo, su interior morboso que cosifica a seres humanos exhibicionistas y los reduce a pedazos de carne que le proporcionan placer visual, y que de seguro le ayudan a estimular sus genitales. ¿Me falta añadir algo a la explicación?

No defenderé a ningún adicto al porno, y reconoceré en primer lugar que es más probable que pese en la balanza que las personas que ven porno quizá son más las moralmente cuestionables en relación con las que llamamos normales, o sea nosotros (el anormal, al parecer, siempre será el otro). Es decir, es casi 100% probable (según la vara con que se mida) que un potencial depredador vea porno, a que una persona que denominamos normal de repente se dé un paseo por una página sucia.

Y matizo la palabra, porque lo primero que me viene a la mente es: ¿por qué ver porno debe ser necesariamente lo más sucio que existe? ¿Por qué alguien se convierte automáticamente en mala persona, por el solo hecho de admitir que le gusta el porno? Si usted me hace la pregunta directa: “Y vos, ¿ves porno?”, y mi respuesta automáticamente es: “Sí”, ¿qué pensaría de mí? ¿Pensaría que solo paso masturbándome? ¿Sentiría que de seguro soy alguien sucio y no podría volver a verme con los mismos ojos? ¿Se desuscribiría? Usted no me lo está preguntando, pero aunque no lo crea, el “sí” podría llevarlo al ostracismo, al menos en buena parte de la socialité conservadora de mi país. Es más, para muchos familiares y conocidos, por el solo hecho de estar escribiendo sobre esto es probable que me pregunten sobre qué me pasa, o por qué defiendo a los pornografitos. Más de alguno hasta se molestará conmigo.

Y es que el meollo es ese: en mi país, si usted admite que se toma una cerveza, automáticamente es un borracho, o alguien que de seguro todas las semanas (o todos los días, según quien piense) busca los lupanares, los antros de perdición. Yo admito que de vez en cuando me tomo mis cervezas, y en algunos círculos de inmediato se me ha prejuiciado. Yo a veces respondo (según las circunstancias): Si solo pasara bebiendo, ¿de dónde me sale el tiempo para ver películas, series, escuchar música, leer todos los días y escribir por disciplina? E incluso a veces me queda tiempo para visitar a mis amigos.

Sin ir tan lejos, mis propios amigos a veces caen en la broma de enviarme mensajes durante la noche: “Qué ondas. ¿Y ahorita? ¿Ya doblando el codo?”, o tal vez mensajeamos un rato, para añadir, a manera de despedida: “Bueno, te dejo… ya podés seguir chupando tranquilo”.

Si eso ocurre cuando uno admite que se toma sus cervezas de vez en cuando, imagínese cuando una persona admite que ve porno… puede resultar de lo más letal, socialmente hablando. ¡Claro! No en todos los círculos sociales ocurre eso… pero sí en buena parte, y la más de las veces la persona que quisiera reprochar no lo hace, porque ve que el resto no lo hace, o no quiere parecer demasiado conservadora.

Y usted podría recriminarme: “Sí, pero comprendé que las luchas se inclinan a erradicar los abusos, y la mayoría de potenciales abusadores suelen ser adictos al porno”. Sí, pero entonces parte de una presunción de culpabilidad, de un sojuzgamiento moral. Le pondré otro ejemplo.

Escribiendo para medios digitales, nos hemos dado cuenta con varios compañeros de trabajo que las notas relacionadas con sexualidad o con información sobre porno son de las más clickeadas. Si nos vamos a reacciones o compartidos, resultan en un desierto. Las apariencias nos dirían que las notas relacionadas con esos temas son un fracaso. Bueno, ni modo: nadie reacciona. Pero déjeme comentarle que las visitas indican otra cosa.

¿Que con esto le estoy llamando pervertido a todo el mundo? ¿Qué con esto quiero legitimar de que las personas deberían de ver porno? No, no… usted y yo sabemos que eso sería una reducción al absurdo. La cuestión es que hay que tener sentido común en el asunto: que alguien vea porno y eso nos haga activar nuestras alarmas internas, nuestra alerta ante posibles peligros, está muy bien… pero eso no quiere decir que a partir de ese hecho comencemos a filtrar cualquier cosa relacionada con nuestro punto de vista hacia esa persona. Hay que tener la suficiente delicadeza para distinguir entre una cosa y otra. Hay que ser un observador de primera para darse cuenta que en la historia incluso existen psicópatas o asesinos seriales que hasta fueron asexuales. Una cosa nada tiene que ver con la otra: ese el punto. El porno no hace malo a nadie, el sexo es sexo, y es un gusto que todavía no terminamos de comprender, aunque cueste admitirlo.

Una persona no debe ser enviada al ostracismo, o etiquetada como lo peor, solo porque tenga preferencias que a nosotros nos resultan moralmente cuestionables. Si usted descubre que alguien, a quien usted considera profesional y respeta, fuma marihuana (por poner otro ejemplo), ¿se sentiría defraudado? Si la respuesta es sí, de corazón le digo que está en su derecho… pero ¿no es igualmente cuestionable juzgar y etiquetar por algo a una persona? ¿Ya es un perdido o un drogadicto empedernido solo porque lo encontró una vez fumando? Es lo mismo que juzgar las preferencias sexuales. Está bien, usted no comparte, pero no puede arrogarse el derecho a etiquetar, a juzgar, a satanizar.

En el rigor cristiano más absoluto, mucho de lo que hacemos se considera pecado. Y también en el rigor más absoluto, he conocido personas cuyas prácticas me resultan chocantes o cuestionables, o al menos yo me digo que jamás me atrevería a hacer esto o lo otro. Pero después de 10 o 15 años de amistad (con algunos hasta 20 años de amistad), me digo: Pero si esta persona eligió tal cosa, ¿le resta mérito a nuestra amistad? Y yo solo me respondo: ¡Jamás! Y jamás me arrepentiría de haber brindado mi amistad. No podemos reducir la complejidad de un ser humano a una o dos cosas que no nos parecen, y filtrar por ese tamiz todo lo que se nos ocurra. No se puede ser tan insulso. Al menos no debería ocurrir.

Ahora bien, lo ilegal hay que denunciarlo, incluso si quien viola la ley se encuentra dentro de la propia familia. Lo malo es cuando queremos que a la fuerza algo sea ilegal, solo porque riñe con nuestra escala de valores.

∗ ∗ ∗

P.D.: La verdad es que estoy muy ocupado con un asunto personal. Pero escuché una discusión que me provocó la salida de estas palabras. Fue necesario hacer una pausa y desahogarme. Y bueno… solo escribo esto y vuelvo a mi trabajo. Espero que nos leamos pronto. Usted, ¿qué opina de este tema?

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